Un plan para el bienestar futuro de nuestro país

Por Javier Urzay, subdirector general de Farmaindustria

192

Dos años de pandemia han dejado mucho dolor. La brutal crisis sanitaria, devenida en profunda crisis económica y social, ha sido (y sigue siéndolo) una dura prueba para el conjunto de la sociedad. Nos toca ahora analizar lo sucedido y extraer el aprendizaje que nos ayude a afrontar en mejores condiciones futuros desafíos sanitarios. Desde la perspectiva de la industria farmacéutica hay mucho que aprender. Y no todas las noticias han sido negativas.

El sector respondió a la necesidad urgente de hallar tratamientos adecuados, y lo hizo logrando un hito sin precedentes: desarrollar varias vacunas eficaces y seguras en apenas un año. La disponibilidad de vacunas ha marcado el antes y después en la lucha contra la Covid-19.
Un primer aprendizaje, por tanto, ha sido que el modelo global de I+D de medicamentos, sustentado en la protección industrial, el liderazgo de las compañías farmacéuticas y la cada vez mayor colaboración con la comunidad científica, ha funcionado. Lo sabíamos desde hace tiempo. Este modelo ha revolucionado la lucha contra la enfermedad en las últimas tres décadas, de la mano de una medicina cada vez más precisa. La crisis no ha hecho más que constatar esta realidad. De hecho, el conocimiento y la experiencia acumulados han sido críticos para asegurar la rápida capacidad de respuesta ante una situación tan extraordinaria y exigente.

Estamos en el buen camino. El modelo de investigación del que depende nuestro bienestar futuro funciona. Nos ha traído a las puertas de la medicina personalizada a través del mayor conocimiento de las llamadas ciencias ómicas, e instrumentos como la digitalización y el big data nos ayudarán a seguir avanzando y a ganar en eficiencia. Pero el camino está trazado y sus bases son sólidas.

También debemos ver en positivo el papel desempeñado por España. Hemos sido el primer país de Europa en ensayos clínicos contra el coronavirus. Y esto se ha debido a que somos desde hace años una referencia internacional en investigación clínica de medicamentos. La colaboración estrecha y ágil entre Administración, hospitales, investigadores, pacientes y compañías farmacéuticas ha dado buenos frutos. Hoy, centros españoles participan en un tercio de los ensayos que se realizan en Europa.

Disponemos también de un tejido productivo muy sólido, con 82 plantas de fabricación de medicamentos de uso humano. Esto ha contribuido a que en los momentos más críticos de la pandemia no tuviéramos problemas serios de desabastecimiento, y a que el sector siga batiendo récords de exportaciones. El medicamento copa ya el 5% de las exportaciones españolas.

Hemos visto, en suma, la necesidad de apostar por la innovación y de contar en nuestro país con un sector estratégico con la industria farmacéutica. Y no sólo desde una perspectiva sanitaria. La pandemia ha mostrado la estrecha relación entre economía, bienestar y salud, y entre ésta y los medicamentos y la investigación que los hace posibles. No cabe inversión más rentable para el presente y el futuro de un país.

Aunque suene a tópico, debemos ver esta experiencia en términos de oportunidad, y especialmente para España. Nuestra posición como referencia en ensayos clínicos nos otorga una gran ventaja competitiva frente a otros países para apuntalar ese liderazgo, impulsar la investigación básica y preclínica y crear un ecosistema de investigación biomédica capaz de atraer más inversión internacional en un momento clave, como decía, en el avance de la biomedicina.

“Nuestro objetivo es definir junto a la AA. PP. un marco estratégico de cooperación a medio-largo plazo que dé predictibilidad; el Plan Estratégico para la Industria Farmacéutica anunciado este año por el Gobierno bien puede ser el medio”

Algo similar ocurre en la producción. Las situaciones extraordinarias provocadas por la pandemia han hecho que Europa se replantee el hecho de que muchos principios activos y medicamentos esenciales no se produzcan en la región. Hablamos de medicamentos veteranos, que ya no tienen protección de patente pero que siguen siendo de la mayor utilidad. Al no gozar de protección industrial, son sometidos a reducciones constantes de precios, lo que ha hecho que de forma paulatina su producción se traslade a países como China e India. Es razonable recuperar parte de esa producción, para disponer en Europa de una protección estratégica mayor. En España tenemos la oportunidad de reforzar nuestra contrastada capacidad de producción y generar así mayor inversión y empleo.

En estos ámbitos hemos planteado propuestas a la Administración, y nuestro objetivo es definir junto a ella un marco estratégico de cooperación a medio-largo plazo que dé predictibilidad y se oriente a aprovechar estas oportunidades. El Plan Estratégico para la Industria Farmacéutica anunciado por el Gobierno para este año bien podría ser el medio.

Para lograrlo, Administración e industria debemos compartir la visión de que los fondos dedicados a sanidad, investigación biomédica y medicamentos son una inversión, no un gasto. Necesitamos fortalecer nuestro sistema sanitario, dedicando un porcentaje de recursos sobre el PIB como el de los grandes países europeos. Hemos de apostar por la digitalización de la sanidad, esencial para mejorar la asistencia e impulsar la investigación. Debemos asegurar un acceso rápido a los nuevos medicamentos, por el bien de los pacientes, por la eficiencia y porque es el medio que las compañías tienen para seguir invirtiendo en investigación. Necesitamos, en definitiva, entender la salud como palanca de crecimiento y bienestar futuro de nuestro país.