La vacunación frente a la gripe

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No debería sorprender a nadie que no haya variaciones significativas en la cobertura vacunal frente a la gripe año tras año si realmente no hacemos nada “significativamente” distinto. La campaña, diferente en cada Comunidad Autónoma (CCAA), consistente en general en un poster, una circular y/o una nota en la web oficial de la dirección de salud pública y alguna que otra pequeña variante más según la CCAA, puede influir mínimamente en este porcentaje. La coordinación nacional de las campañas, involucrar más activamente al farmacéutico en el proceso de la vacunación, potenciar la educación sanitaria en este ámbito, o re-definir el rol de la vacunación del propio profesional, son algunas medidas posibles para mejorar lo que hacemos. Pero realmente hace falta un cambio más profundo y que obliga a medidas diferentes cuando hablamos de vacunación de la población general, o de los profesionales sanitarios.

Para empezar, todos aquellos “supuestamente” profesionales sanitarios que hacen apología anti-vacunal, para paralelamente vender su alternativa en forma de libro, pseudomedicina, o “santidad” deberían ser objeto de medidas de control y eventualmente, disciplinarias: sería como ir en contra del uso de antibióticos en una infección grave, o de la higiene como medida de prevención. No son acciones aisladas: algunos de estos “profesionales” están tan lejos de la realidad que más de una década después de avergonzar a la comunidad científica (y a la universitaria) con sus posicionamientos vehementes contra la vacuna del virus papiloma humano, no solo no se responsabilizan de las niñas y mujeres que han dejado de vacunarse por su culpa, sino que no aceptan que la propia Organización Mundial de la Salud haya decidido que la realidad es que podemos eliminar el cáncer de cuello de útero gracias a la vacunación. Muchos de estos “profesionales” sanitarios y “anti-vacunas” disfrazan su discurso de escepticismo, ocultan sus conflictos negativos de interés, y venden además alternativas no sustentadas por la ciencia. Sorprende en cualquier caso la pasividad ante este “lobby” de “ignorancia voluntaria”, y si las autoridades no toman las medidas pertinentes, al menos los colegios profesionales deberían defender a la población de estos sujetos.

En cuanto a la población general, el problema es más profundo. Es necesaria una mejor información y educación, y poner la presión en las autoridades sanitarias, que son quienes tienen los medios para resolverlo. A menudo responsabilizamos a las personas que no se vacunan o no vacunan a sus hijos, los etiquetamos como “anti-vacunas”, y en muchos casos es así, pero no siempre. Aunque tienen una responsabilidad importante, pueden concurrir otros problemas y/o barreras de acceso a la vacunación, y reflejar en realidad un fallo en el sistema. La re-aparición del sarampión es un signo de alerta general, como el “canario en la mina”. Si dejas de vacunar, las enfermedades vuelven, y la primera es el sarampión, porque es la más contagiosa y la que necesita coberturas de vacunación más altas para estar bajo control. La Organización Mundial de la Salud (OMS) actualizó recientemente su listado de las 10 amenazas más peligrosas para la salud global y el movimiento anti-vacunas está en este listado. La ignorancia de unos, y la permisividad de otros, han permitido que estas infecciones prevenibles mediante vacunación estén matando gente de nuevo. Es incomprensible, pero es así.

Afortunadamente cada vez hay más vacunas, y su crecimiento es exponencial. Pero las vacunas solo funcionan si se utilizan, lo que se resume en que hay que invertir más en vacunas, donde apenas se alcanza el 1% del total del gasto farmacéutico, para hacer que más vacunas estén disponibles para más gente, en vez de inventar pegas a las vacunas o desacreditar a los que las defendemos por no poder rebatirnos científicamente. Los recursos son limitados, y hay que hacer una evaluación cuidadosa antes de introducir una nueva vacuna en el sistema, pero esta decisión debe realizarse usando criterios actualizados y no restringidos a lo económico, o usando modelos de evaluación ya obsoletos. Nuestros gestores tienen que trabajar para que España tenga el mejor calendario vacunal posible, que nos proteja no solo de la situación epidemiológica actual, sino que se anticipen en la medida de lo posible a lo que pueda venir o con lo que nos podamos encontrar, en un mundo global como el que vivimos. Para ello hay que reflexionar, dialogar, y saber asesorarse también, pero buscando a los mejor preparados (y no a los que nadie con criterio quiere como asesores).