| miércoles, 28 de marzo de 2018 h |

De una confrontación de ideas sale ganadora aquella que consigue establecer el léxico adecuado. Sólo cuando en el imaginario general cala una sucesión de términos muy cargados semánticamente se puede establecer un mensaje que arraigue en una sociedad. El debate en torno a la factura farmacéutica no es diferente y la balanza se ha decantado hasta ahora de parte de aquellos que abogan por frenar su avance sin considerar las mejoras en términos de salud. La victoria comienza con el establecimiento de la palabra gasto en detrimento del vocablo inversión. La primera está asociada a significados tales como dispendio, derroche o, en el peor de los casos, el beneficio de una industria a cambio de mantenernos sanos. La segunda, a una apuesta como país que se sintentiza en priorizar aquello que pueda devolver mayor rentabilidad, tanto económica como, en este caso, sanitaria.

Otro problema al que se enfrenta la factura farmacéutica es la visión cortoplacista que está instaurada entre gestores y poder político. No hay prácticamente nada que valga realmente la pena que se consiga de la noche a la mañana y sin esfuerzos. Pensar en cuadrar las cuentas (la cultura del ‘Excel’ que algunos expertos critican) de año en año sólo conduce a bandazos que, a la postre, revelan la ausencia total de estrategia. No se puede juzgar una inversión de 1.600 millones de euros, como en el caso de la hepatitis C, sin tener en cuenta no sólo ya la cantidad de personas que hay hoy sanas, si no la ingente cantidad de recursos liberados gracias, precisamente, al uso de unos antirretrovirales que han cambiado radicalemente el paradigma de una patología con una eficacia más que demostrada..

Nuestra sociedad debe decidir si quiere vivir en un país con visión de futuro que invierte en la salud o ser un Estado que gasta en Farmacia.

Nuestra sociedad debe decidir si quiere vivir en un país que invierte en la salud o ser un Estado que gasta en Farmacia