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El cambio climático tiene el potencial de ocasionar efectos devastadores. Cada día son más los que no tienen dudas, pero no son suficientes.

Es las Termópilas; es Agincourt; es Dunkerque; es la Batalla de las Ardenas; es el 11 de septiembre. Son palabras pronunciadas por Al Gore, el ex vicepresidente de Estados Unidos, en el Foro Económico Mundial reunido en Davos este mes de enero. El enemigo al que se refiere no es otro que la crisis climática, un oponente formidable, que es mucho menos invisible de lo que se piensa y que empeora mucho más rápido de lo que se imagina.

Seguramente, muchas personas seguirán tachando a Gore de alarmista por estas declaraciones. Ya se le acusó de ello en 2006, cuando, en el documental titulado Una verdad incómoda, predijo lo que por entonces sonaba como algo muy lejano: una amenaza más propia del celuloide o d la ciencia ficción que de la propia ciencia.

A Al Gore se le atribuye otra de las máximas más conocidas sobre el cambio climático: “Si los líderes del mundo se niegan a liderar el cambio climático, lo hará la ciudadanía del mundo”. Y entonces llegó la defensora del cambio que nadie se esperaba. Al margen de cualquier tipo de subjetividad, no se puede infravalorar el papel que Greta Thunberg ha jugado para que el 2019 haya sido considerado como el año del despertar de la conciencia climática.

El cambio climático tiene el potencial de ocasionar efectos devastadores. Cada día son más los que no tienen dudas, pero no son suficientes. Queda camino por recorrer hasta llegar a la movilización internacional necesaria para abordar con éxito esta titánica tarea. Pero hemos comenzado el año con buen pie. Si 2019 fue el año del despertar, 2020 debería ser el de la acción, o el del comienzo de la acción.

La UE ha tomado buena nota con la aprobación del Pacto Verde. Y España ha dejado muy claras sus intenciones apenas unos días después. Se abre un periodo clave para acordar acciones transversales que redefinan el futuro. Su éxito no se medirá tanto por grandes indicadores, como la emisión de reducciones —que también— como por aquellos que parecen ínfimos. Es preciso que el cambio climático, como reto global, sea una preocupación particular.

Si 2019 fue el año del despertar de la conciencia climática, 2020 debería ser el de la acción