Ciencia, la esperanza frente a la COVID-19

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Por Nabil Daoud, presidente de Lilly España

Empezamos 2021, un año para la esperanza. La pandemia por COVID-19 sigue generando un gran sufrimiento en la población: familias afectadas por el fallecimiento de alguno de sus miembros; otras sumidas en la pobreza como consecuencia de una economía devastada; todos aislados, intentando protegernos de los contagios.

Y, sin embargo, a pesar de tanto dolor dejado por el 2020, creo que se pueden extraer lecciones positivas que nos ilusionan y nos hacen hablar de esperanza en 2021.

En primer lugar, tenemos esperanza en la ciencia. Me gustaría creer que 2020 marca un punto de inflexión, y esperemos que en 2021 la ciencia y el rigor triunfen sobre el populismo. Durante todo este tiempo hemos visto cómo en aquellos países en los que se ha ido de espaldas a la ciencia, la pandemia ha afectado con mayor crudeza. Confío en que esta lección sea recordada y se pueda extrapolar de forma que podamos abordar con este mismo enfoque el próximo reto mundial, como es el cambio climático.

Actuación conjunta

Otro de los aprendizajes está relacionado con el tipo de sociedad construida: aquellos países que tienen establecidos buenos pactos sociales, por encima de los individuales, han reaccionado mejor ante la infección por COVID. En general son países, como Japón, en los que hay una cultura de respeto y consideración por el otro, que antepone el bien común por encima de los egoísmos individuales. Pensar en las consecuencias que nuestros actos tienen en otras personas y pensar en los demás favorece las relaciones sociales. Además, en estas sociedades, destacan los valores de honestidad o humildad que persiguen la mejora continua.

Tercero, las condiciones de aislamiento nos han forzado a potenciar y acelerar la adopción de la tecnología. Las nuevas tecnologías traen modos de vivir diferentes que deben estar al servicio de la Humanidad y ayudarnos a mejorar nuestra calidad de vida. Ojalá que esta introducción tecnológica permita la transformación de las ciudades, un descenso de viajes innecesarios, una mejora en la flexibilidad laboral y, en definitiva, en la conciliación.

Este acceso a las nuevas tecnologías también debe favorecer la democratización de la educación. Y no me refiero solo a España. Hasta ahora el conocimiento científico tenía puntos de encuentro claros en los grandes congresos internacionales y era costoso acudir a estas reuniones. Su conversión en encuentros virtuales, sin duda, mejorará la formación de los profesionales sanitarios en todos los rincones del globo, redundando en la mejora de la salud de todas las personas.

Valor de la ciencia

Y finalmente, quiero creer que el pasado 2020 ha sido el año en el que la sociedad ha despertado de un cierto letargo y ha tomado de conciencia de lo básico. Ahora apreciamos lo bien que estamos cuando estamos bien, el valor del abrazo, la libertad de pasear, de viajar, la importancia de la salud.

Esta mayor conciencia sobre qué aspectos son importantes nos permiten vislumbrar la esperanza de la ciencia va a ser valorada de nuevo. Ha sido un año en el que toda la sociedad ha vuelto su mirada a la industria farmacéutica, a los científicos, a los investigadores, a los profesionales sanitarios… a todo el sector que, unido, puede ofrecer luz y cambiar el curso de la COVID-19. Por eso, 2021 es un año en el que tenemos puestas muchas expectativas, como que nos volvamos a enamorar de nuestros científicos, químicos, médicos y profesionales de la industria farmacéutica, de los expertos que son la razón de que ahora podamos tener de nuevo esperanza.

Ha sido un año en el que toda la sociedad ha vuelto su mirada a la industria farmacéutica, a los científicos, a los investigadores, a los profesionales sanitarios… a todo el sector que, unido, puede ofrecer luz y cambiar el curso de la COVID-19

Queremos que la I+D recupere su peso específico en los presupuestos, tanto en la inversión pública como en la privada; que la inversión farmacéutica no se vea solo como gasto, sino que se pueda apreciar todo lo que retorna a la sociedad. Si en 2020 hubiéramos tenido ese medicamento capaz de afrontar la COVID-19, hubiéramos evitado todo el sufrimiento generado, la interrupción de tantas vidas y sueños, e incluso el impacto en la economía. Todo este dolor se debe a que nos faltaba, en exclusiva, un medicamento. Y esta es una conclusión que sólo se aprecia cuando no se tiene.

Estas situaciones nos han recordado el privilegio que tenemos por trabajar en el sector que está cambiando el curso de la historia de la pandemia. Ojalá que el 2021 sea el año en el que triunfe la ciencia.