Antonio Mingorance Presidente del Consejo Andaluz de Colegios Oficiales de Farmacéuticos | jueves, 21 de febrero de 2019 h |

La complejidad es una cualidad que aparece en la realidad de las personas y las instituciones cuando éstas alcanzan un determinado grado de madurez. En el amanecer de las cosas todo es simple y la más irrealizable de las propuestas se muestra con una pátina de invencibilidad propia de las energías de juventud. Hasta que el contraste reiterado con la realidad ajusta los procesos de cambio a su adecuado ritmo y a sus justas dimensiones. Mientras esa experiencia no nos haga perder la esperanza en el progreso de las personas y las instituciones, nada que objetar. Todo va bien.

La comunidad farmacéutica española (vale decir, las personas que la integran y las instituciones que la representan) está siendo interpelada precisamente por el desafío de la complejidad y el momento actual nos brinda algunos ejemplos de ello, en el desempeño profesional y en la interlocución institucional.

En lo profesional asistimos a eventos de desabastecimiento de determinadas presentaciones de medicamentos (en casos extremos, incluso principios activos) en nuestras farmacias que, si bien no son continuados, sí han incrementado su frecuencia a lo largo del año que ahora termina. La lectura de la realidad a la que estábamos habituados en las últimas décadas nos ofrecía una explicación que entonces nos valía a todos los agentes de la cadena de valor del medicamento y al regulador-pagador estatal: había desabastecimientos por disfunciones sincopadas en momentos concretos de los procesos que se inician en el fabricante y terminan en el punto final de entrega del medicamento, el acto de dispensación por parte del farmacéutico y la responsabilidad de los mismos se atribuía a quien ejecutaba la parte del proceso donde se había detectado el evento negativo, la disfunción. Sin embargo, desde que el siglo XXI ha entrado en la mayoría de edad, la realidad se ha vuelto compleja, mucho más compleja. No todo se explica ya por un problema de producción, o de mala gestión de los stocks en la distribución, o de defectuosa previsión de compras en la farmacia ni responde a una ocurrencia reguladora que en un momento dado atasca los circuitos por los que transita el medicamento. Quiero decir: los desabastecimientos ya forman parte de la gestión de la complejidad por parte de todos los actores relacionados con el medicamento en general, pacientes incluidos, y por parte de la farmacia en particular. Esa complejidad en la que aparecen los actuales episodios de desabastecimiento solo es comprensible si se aborda desde una perspectiva panorámica, global. Y la principal consecuencia de la globalización es la interconexión. En lo que nos atañe a los profesionales sanitarios del medicamento, eso quiere decir que la farmacia española se desenvuelve en un escenario global, donde deberá estar atenta al resurgir de los proteccionismos y a los puntos de cruce de las nuevas rutas de la seda por donde transitan personas, ideas y mercancías. No es que Trump le tenga especial inquina a la farmacia española ni que Amazon vaya a meterse a boticario robotizado por darse el gustazo de ver cerrar boticas en nuestros pueblos y ciudades. Pero si la farmacia quiere resolver sus desafíos actuales, debe mirar atentamente, sin duda, a lo que ocurre en las nuevas guerras comerciales o en los nuevos escenarios de disrupción tecnológica. Y para eso no sirven las soluciones del mundo de ayer.

Me gustaría subrayar otro escenario donde a la farmacia española se le abre un horizonte de complejidad: la interlocución institucional en un contexto político fragmentado, en el que la gestión tradicional de la representación de la voluntad de la ciudadanía ha quebrado. Antes, cuando todo era más fácil de explicar y de entender, la farmacia se podía permitir el lujo (lamentablemente, con una percepción de riesgo cero que no nos ha salido gratis) de sentirse al margen, no ya de la política, desde luego, sino de lo político. Bien. Curiosamente, la nueva complejidad actual nos ha plantado delante de un hecho, por otro lado evidente, para quien lo quisiera ver, desde al menos los tiempos de Aristóteles: lo político, la cosa pública, nos interpela directamente como humanos a los farmacéuticos y a sus instituciones. Andalucía, como sabemos desde hace algunas semanas, es el territorio español donde ha eclosionado por primera vez esa complejidad política de manera más completa, puesto que ya abarca a probablemente todas las sensibilidades posibles dentro del marco constitucional. La farmacia andaluza sabe qué quiere y es consciente de lo que puede ofrecer para, en medio de esa complejidad naciente definida naturalmente por una cierta inestabilidad inicial, garantizar la equidad en el acceso de la población a medicamentos de calidad. Pero la formulación de esas propuestas y demandas requiere ahora tener en cuenta una complejidad definida por los tanteos de las formaciones políticas para leer correctamente la realidad social y las profundas transformaciones que necesitan los sistemas de prestación de servicios públicos para mostrarse eficientes. Una eficiencia inexcusable no ya solo ante los votantes, sino también ante autoridades supranacionales que en realidad ejecutan el mandato de los gobiernos de los estados. Y en eso, una vez más, sin duda, la ciudadanía y sus legítimos representantes pueden contar con la farmacia. Porque, en ese entorno nebuloso de complejidad, no perderemos nuestro rumbo, que no es otro que el acompañamiento de nuestros pacientes en el cuidado de su salud.


“La comunidad farmacéutica española (vale decir, las personas que la integran y las instituciones que la representan) está siendo interpelada por el desafío de la complejidad”