Este 11 de marzo se cumplía un año desde que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declarase la COVID-19 como pandemia. Doce meses en los que compañías e instituciones han trabajado sin descanso para encontrar tratamientos y vacunas eficaces para controlar la expansión de esta enfermedad.

Si una cosa está quedando clara, es que estamos asistiendo a la mayor carrera investigadora en la historia de la medicina. Desde Farmaindustria recuerdan que, desde los primeros momentos se inició una carrera de gran velocidad tanto para las corporaciones como para agencias evaluadores, gobiernos y otras autoridades sanitarias. Con todo esto se han obtenido logros sin precedentes. Uno de los más claros es el hallazgo de la vacuna en menos de un año, cuando este proceso puede durar entre ocho y diez años.

Además de las vacunas cuyo uso está autorizado, hay otras 262 están en fase de investigación. De estas, 81 se encuentran en fase clínica y 21 están en fase 3. Asimismo, hay más de 320 medicamentos en investigación para el tratamiento de la COVID-19 en investigación en todo el mundo. Entre los tratamientos que se están investigando hay antipalúdicos, antiinflamatorios, antivirales, tratamientos autoinmunes, antiinflamatorios, inhibidores; tratamientos con plasma y anticuerpos monoclonales.

Producción a gran escala

Más allá de las dificultades en I+D existe un reto que ha puesto contra las cuerdas a la industria: la producción y distribución a gran escala. En el caso de la vacuna, se precisa inmunizar al menos a un 70 por ciento de la población mundial para obtener la inmunidad de grupo; esto significa que hay que fabricar unas 10.000 millones de dosis, teniendo en cuenta que la mayoría de vacunas autorizadas requieren de dos dosis. Estas cifras conllevan la necesidad de multiplicar por diez la capacidad mundial de fabricación de vacunas existente a nivel global.

Pero no basta con hacer números, las empresas han de hallar la fórmula para materializar esta posibilidad. Conscientes de ello, muchas compañías comenzaron a producir a riesgo simultáneamente al proceso investigador, ampliando sus plantas de producción y cerrando acuerdos con otras compañías para trabajar de manera conjunta en esta misión.

Y es que, es fundamental entender que las vacunas son productos biológicos de alta complejidad; a esto se suma que en diversas vacunas candidatas de la COVID-19 se están utilizando tecnologías completamente nuevas, cuyas condiciones de producción y conservación muy especiales y de las que se cuenta con muy poca experiencia. Para ello, las alianzas estratégicas han sido un arma fundamental.

España también forma parte de las alianzas con empresas dedicadas a la I+D de vacunas. Buen ejemplo de ello son acuerdos como el suscrito por Laboratorios Rovi con Moderna; el de Reig Jofre con Janssen; Insud Pharma con AstraZeneca o Biofabri para la futura vacuna de Novavax.

Ente los acuerdos existentes, también se han firmado algunos orientados a asegurar el suministro en países de rentas medias y bajas. Por ejemplo, la compañía india Serum, el mayor fabricante del mundo de vacunas, ya tiene acuerdos de licencia con AstraZeneca y Novavax destinados a este fin.


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