Innovación, expertos, Epfia, Comisión Europea

En Europa hay talento investigador y una buena base innovadora. Sin embargo, los expertos, más allá de ver con optimismo cómo avanza este sector en la Unión Europea, apuntan a algunos aspectos que, en su opinión, deberían mejorar para atraer la innovación a través de la inversión farmacéutica. Y, sobre todo, mantenerla.

“Se tiende a pensar que para mejorar la competitividad se necesita una estrategia industrial sofisticada cuando, en realidad, lo prioritario es contar con un entorno saludable para los inversores”. Esta es una de las conclusiones a las que ha llegado Bill Anderson, CEO de Roche Pharmaceuticals, quien participó junto a Sandra Gallina, directora general de Salud y Seguridad Alimentaria de la Comisión Europea, y Stefan Oelrich, presidente de la división farmacéutica de Bayer AG, en un encuentro virtual promovido por la Efpia y el Financial Times.

Para Anderson, crear un ambiente en el que las compañías se sientan apoyadas y apreciadas, “parece algo obvio”, pero es todavía un desafío pendiente para conseguir atraer inversiones.

Para ello, la directora general de la CE señala que, además de favorecer las colaboraciones tanto público-privadas como privadas-privadas, es necesario crear más incentivos para poder alcanzar este objetivo y seguir impulsando la innovación.

Ya no sólo para conseguir este ambiente, sino para lograr que “Europa no sea sólo el lugar donde exhalamos todas las buenas ideas, sino también donde podamos capitalizar algunas de esas cadenas de valor”.

En este sentido, los expertos tornan la mirada hacia grandes potencias como Estados Unidos o China y los ponen como ejemplo a seguir. A pesar de que los números pueden ser muy diferentes, Sandra Gallina asegura que el dinero está y no hay que preocuparse por él, pero debería emplearse de una manera más eficiente para llegar a cubrir “necesidades insatisfechas”. Con ello, la presidenta se refiere a enfermedades -como las degenerativas- que todavía no tienen un tratamiento, poniendo el foco en las implicaciones que esto tiene sobre las miles de personas afectadas por las mismas.

Los expertos coinciden en que ese tratamiento podría, no sólo salvar la vida de alguien, sino también evitar millones de dólares en costes de atención médica para un solo paciente.

Uno de los caminos que propone la directora general para lograr estos objetivos, con un modelo centrado principalmente en el paciente, es el de invertir en la digitalización para modernizar y reducir el tiempo de los procesos.

“El uso de la IA no debe sustituir el trabajo humano, pero quizás puede haber sistemas que identifiquen los tumores, las mutaciones, la información más técnica, y combinarlo con el trabajo clínico para obtener mejores resultados y mayor calidad. Todavía hay muchas cosas que realmente no estamos haciendo y son necesarias”, argumenta la experta.

Las enfermedades pasan fronteras

Sin duda, para los tres expertos la pandemia supuso un escenario en el que se demostró que la unión hace la fuerza. Y otro de los objetivos para los expertos como Gallina es el de mantener esta sana relación entre los Estados miembro y las corporaciones industriales. Una relación que puede beneficiar y sacar lo mejor de ambas partes. Como ha sucedido con las vacunas contra la COVID-19, donde se agilizaron todos los procesos para conseguirla lo antes posible.

En la actualidad, el tiempo de acceso a los medicamentos todavía sigue siendo un quebradero de cabeza, tanto entre profesionales como entre pacientes que esperan recibir el tratamiento. Además de los 400 días de espera desde el momento en que se presenta el medicamento hasta su aprobación, existe una interminable lista de requisitos por los que tienen que pasar hasta poder estar en manos del paciente.

“Luego, en muchos países de la UE, hay un tiempo adicional. Pueden llegar a agregar otros seis meses, otros 12 meses o incluso años”, detalla Oelrich.

Ante esta situación, y tras haber comprobado que sí es posible acortar los plazos sin restar calidad y seguridad al proceso, los expertos estudian apostar por extrapolar o adaptar este modelo al resto de los fármacos fuera del ámbito de la pandemia.

Estos esfuerzos innecesarios o que se duplican alargando el tiempo de espera para un tratamiento es un problema que los expertos quieren paliar desde el Reglamento sobre evaluación de las tecnologías sanitarias (HTA, por sus siglas en inglés), uno de los resultados de la Estrategia Farmacéutica de la UE, que, según Gallina, ya está aprobado. Sin embargo, habrá que esperar tres años para ver sus frutos.

Anderson, por su parte, se muestra optimista al pensar que este mismo criterio se podría utilizar con las enfermedades cardiovasculares y el cáncer. En relación con estas, el experto recuerda que las enfermedades también cruzan fronteras, tal y como ha demostrado la COVID-19, por lo que es necesario que los tratamientos también lleguen a países en desarrollo, como África.

“Tenemos una iniciativa en la que trabajamos en medicina cardiovascular en un área como Ghana y África, para educar a las personas sobre cómo dar acceso y atención cardiovascular. También les ayudamos en áreas como la anticoncepción. Son países donde hay poco acceso a estos medios y eso repercute en un desequilibrio económico y social”, enumera Anderson.

Pandemia silenciosa, la resistencia antimicrobiana

La resistencia a los antibióticos (RAM) es un tema “muy importante en la agenda de todos los estados miembros”. Cuando se trata de RAM, los médicos están muy, muy preocupados por el indiscriminado uso de antibióticos, según advierten los expertos.

Sandra Gallina recuerda la instauración de la Autoridad Europea de Preparación y Respuesta ante Emergencias Sanitarias (HERA) para la lucha contra estas resistencias a los antibióticos. Sin embargo, siguen existiendo razones multifactoriales por las que las compañías no invierten en nuevos antibióticos.

Oelrich indica el cobro de los antimicrobianos como una de las causas. “Tenemos una situación en la que estamos tratando de crear los llamados antibióticos de reserva que nadie usa, pero luego queremos pagarles como si fueran antibióticos genéricos. Entonces, obviamente, necesitamos revisar parte de la lógica del mercado”.

Como resultado, Oelrich explica que varios representantes de la industria se han reunido para crear un fondo que permita algunas de las primeras innovaciones que existen y financiarlas para su desarrollo clínico en la última etapa, un esfuerzo conjunto de la industria.

“Es posible que no sea suficiente, pero creo que es un primer paso. No se puede lograr con los sistemas actuales de evaluación, nadie va a invertir en eso”.

Para los expertos, indudablemente, los responsables, tanto de salud pública como de generar políticas, son clave para llevar a cabo todas estas ideas y encaminar a la Unión Europea a una mayor competitividad intercomunitaria y global.


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