| domingo, 30 de agosto de 2009 h |

Yolanda Martínez, doctora en Periodismo y profesora de la UCM

Volvemos a la rutina postvacacional con dos importantes noticias sanitarias. Una ha llegado poco a poco, al alcanzar la gripe A categoría de pandemia. La otra, el primer trasplante de cara realizado en España. Ninguna ha estado exenta de polémica. ¿Qué no se hace bien? ¿Por qué? En el caso del trasplante hemos cruzado una peligrosa frontera al convertir un hito científico en un espectáculo mediático. El sistema español de trasplantes es ejemplar, su funcionamiento está protegido por ley y los ciudadanos y los medios nos conjuramos para preservar la confidencialidad de donante y receptor y para mantenerlo lejos de la explotación comercial. En la información emitida desde las instancias oficiales se recogió que “el receptor, un hombre de 43 años, ha recibido los tejidos faciales de otro hombre de 35 años, fallecido en un accidente de tráfico”. A partir de ahí, se llegó a saber quien era el fallecido. ¿Es tan difícil comprender que si se sabe que el donante falleció en accidente de tráfico, que tenía 35 años y que la duración de los tejidos para trasplantar es muy limitada el campo en el que hay que buscar se reduce y se facilita llegar hasta la persona?

En cuanto a la gripe A sólo tenemos una certeza: que se actualiza día a día el número de afectados y fallecidos. Lo demás se hace de forma dinámica, intentando dar respuesta a la realidad que muestra que aún no disponemos de la vacuna y que mientras los responsables políticos intentan asegurar que no hay que vacunar masivamente, Juan José Badiola, presidente del Consejo de Veterinarios, augura un estallido de casos si no se inmuniza a toda la población.

Es un reto conseguir que la comunicación sobre un posible caso de crisis sanitaria funcione. Es el momento de dar una respuesta a la población, sin generar alarma pero sin ocultar el plan de actuación frente a la nueva gripe. No hace falta recordar las psicosis generadas en la historia sobre las posibles vías de contagio de enfermedades, y sería lamentable caer en un dislate de esa dimensión. Para gestionar una crisis de comunicación sólo vale ceñirse a la experiencia de lo que es eficaz: realizar un análisis interno de la magnitud del problema, centralizar las comunicaciones, establecer un plan de actuación, rechazar la mentira como recurso, tener capacidad de reacción, realizar un análisis continuo del problema, hacer un balance honrado de la situación y no olvidar que cada crisis es distinta a la anterior. Con este patrón puede diseñarse un modelo de alta costura en comunicación sanitaria. Sin aplicarlo haremos un traje lleno de remiendos, que es mucho peor que ir desnudos.