Sergio Alonso es redactor jefe de ‘La Razón’ | viernes, 22 de noviembre de 2013 h |

¿Por qué demanda CiU un trato financiero preferente para la innovación en el Parlamento, mientras cercena la llegada a Cataluña de medicamentos innovadores?

¿Qué sociedad científica de atención primaria venida a menos contabiliza unas pérdidas auditadas de 228.759 euros, frente a los 508.701,81 euros de beneficio que logró la anterior junta en 2011?

¿En qué se ha dilapidado dicho beneficio? ¿Por qué no da explicaciones públicas el presidente ante tamaño descalabro gestor?

¿Qué consejero de Sanidad conocido por sus compañeros como “el cordero degollado” aspira a hacer carrera política en Madrid?

En el debate que bulle al hilo de la crisis, cada uno va a lo suyo y así nos va. Los agentes sanitarios piden salir indemnes de los recortes. Los pacientes demandan el acceso a todas las terapias de forma tan alta y cristalina como los que las fabrican, pero sin pagar un euro de más. Los partidos lanzan proclamas vacuas y demagógicas mientras aplican la tijera allá donde gobiernan. Y las administraciones se ven en la obligación de conjugar ajustes presupuestarios para que el déficit y la deuda no se disparen, con una querencia innata e irrefrenable a malgastar la poca pólvora que les queda en caprichos, banalidades o delirios nacionalistas. El resultado de la ecuación es fácil de prever: no hay dinero y, a pesar de que empiezan ya a atisbarse algunas luces de la recuperación, no parece que vaya a haberlo de aquí a, al menos, tres años. De hecho, puede incluso que haya menos de lo previsto si, como pretende la CE, España se ve en la tesitura de tener que recortar 35.000 millones adicionales más para cumplir con Bruselas.

Y si no hay dinero, ¿cómo sostener la Sanidad? Aunque han tratado de rehuirlo con declaraciones altisonantes, silencios sonoros y parches, las autoridades están llegando ya a una encrucijada en la que habrá que tomar decisiones responsables pero dolorosas. La troika, en su última visita a España, puso el acento en la falta de efectividad de algunas de las medidas para ahorrar en Sanidad, aludiendo explícitamente al rechazo autonómico al copago hospitalario. Si no hay dinero ni puede haberlo porque la prioridad es meter orden en las cuentas para no morir desangrados por el sobrecoste de la deuda, habrá que elegir qué sistema sanitario podemos tener. El Gobierno y los partidos deben abordar el debate, porque el sistema está a punto de estallar víctima de un ajuste draconiano, pero necesario, de la inactividad de las administraciones a la hora de suprimir todas las bolsas de ineficiencia, y de una presión añadida del gasto fruto del envejecimiento poblacional, del sobrecoste de algunos tratamientos de vanguardia y de la generosa cartera de servicios existentes.

El dilema es brutal. España ha llegado a un punto en el que ha decidir si costea carreteras y líneas del AVE o mantiene la Sanidad como está. No hay para todo. Pero ha llegado también a un punto en el que deberá racionalizar también este sistema, porque, además de lesionar al sector, las medidas de ahorro aplicadas hasta ahora no son suficientes por sí mismas para frenar la presión creciente del modelo sobre los presupuestos. Hace falta valentía por parte del Gobierno, y menos demagogia por parte de los partidos de la oposición. Ese es el verdadero pacto sanitario, no los de mentirijillas con el que todos los participantes han tratado de escurrir el bulto para mantener en el fondo todo tal y como está.