| viernes, 08 de julio de 2011 h |

José María López Alemany

En los últimos meses el gasto sanitario ha copado portadas de periódicos generalistas, telediarios, intervenciones en el Congreso de los Diputados, apuntes del presidente del Gobierno, e incluso promesas electorales, o preelectorales. La última de ellas, la del, ya solo candidato del PSOE a las elecciones generales, Alfredo P. Rubalcaba y sus 8.000 millones de euros.

No sé yo si esos millones llegarán algún día a las autonomías. Y menos de dónde los sacarán o si los tendrán que pagar mis hijos o mis nietos. Lo que sí se es que o se cambia la legislación o esos 8.000 millones, bueno parte de ellos, podrían acabar en forma de algún vehículo de alta gama para algún miembro de un gobierno regional o como asfalto en alguna calle o autopista.

Un caso similar es lo que está ocurriendo en estos meses en los que el gasto en medicamentos a través de receta está bajando espectacularmente. También sería necesario obligar a las autonomías a que todo ese ahorro que están obteniendo, lo reinvirtieran en sanidad. Por ejemplo, en pagar a los proveedores y en incorporar novedades terapéuticas. ¡Qué menos! Pero no, lo que sucede es que esos ahorros producidos por las medidas de recorte son en realidad recursos que se retiran del sistema sanitarios para ser invertidos o más bien se gastados en otros sitios. A saber cuáles.

Para asegurar la supervivencia del sistema, además de ganar en eficiencia en el uso de los recursos, además de moderar la demanda, hay que promover un incremento de los presupuestos sanitarios y muy especialmente blindar que la sanidad es una prioridad y que sus presupuestos son intocables. Es decir, asegurar una financiación finalista.