El voto del miedo es un clásico en las campañas electorales. Y lo es principalmente en el caso de comicios, como el del 20-N, en los que el número de votantes indecisos es tan alto que, decantados por una opción, bien podrían dar la vuelta a las encuestas más firmes. El discurso del miedo se ha instalado en la campaña electoral, pero su fuerza puede ser igual de grande que la del miedo a votar. La tónica en la que los dos grandes partidos han entrado en campaña es un círculo vicioso de acusaciones. El PSOE se limita a extrapolar al PP los recortes que este ha acometido en las comunidades autónomas en las que gobierna desde los comicios autonómicos, y enarbola para ello una bandera según la cual Mariano Rajoy daría al Estado de Bienestar hachazos a diestro y siniestro si llegara a La Moncloa. Rajoy se limita a desmentirlo, pero tiene en contra la propia vaguedad de un programa electoral que sigue sin concretar, lo que azuza aún más el miedo entre muchos votantes. Los mítines del PP se convierten así en un continuo ataque contra José Luis Zapatero, contra su mala valoración en las encuestas y contra sus recortes sociales. Pero hay algo que falla en cómo se articulan las campañas. Los votantes indecisos no son aquellos que acuden a los mítines a escuchar como la culpa es de otros, sino los que desde su casa ven el telediario o escuchan la radio como quien ve una película que ya está muy vista. El aviso de que viene el coco ya no asusta. La sociedad es consciente de la situación por la que atraviesa el país y de que, gobierne quien gobierne, con casi total probabilidad habrá que acometer recortes. La cuestión sería votar al que lo haga con más cabeza. No hay nada nuevo en la campaña, sólo acusaciones que echan por tierra las intenciones de que la sanidad deje de ser utilizada como herramienta electoral. Tenían razón los grupos minoritarios al valorar el cara a cara entre Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba: no ganó ninguno, perdió la sociedad. | viernes, 11 de noviembre de 2011 h |