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UNAI GARCÍA Madrid | viernes, 18 de noviembre de 2011 h |

La primera consecuencia de la castración masculina es la desaparición del apetito sexual

Es falso que la falta de testosterona en un hombre signifique que este se vaya a convertir en una mujer

En nuestra civilización actual, cualquier forma de mutilación genital está considerada un delito y la lucha contra ciertas tradiciones ancestrales en África u Oceanía tienen como propósito cambiar la mentalidad de las comunidades que aún siguen practicándola. Sin embargo, las civilizaciones de la edad antigua como asirios, árabes o egipcios, a excepción de Grecia y Roma, practicaron la mutilación genital masculina en algunos hombres para transformarlos en eunucos, una práctica muy extendida y bastante común de la que se tienen pruebas de su existencia hasta finales del siglo XVIII.

“Un eunuco es un hombre castrado, pero también es una institución que gozaba de amplia aceptación”, admite José María Blázquez, académico de historia e historiador del mundo antiguo de la Universidad Complutense de Madrid. Según el experto, a estos hombres a los que se les privaba de sus órganos genitales se les llamaban guardianes de cámara porque su función era cuidar los harenes. Pero más adelante, los eunucos empezaron a asumir diferentes funciones, siempre dentro de las cortes de los reyes o nobles de la época y según Blázquez, acabaron convirtiéndose, muchas veces, en guardianes personales y hombres de confianza de los señores a quienes servían.

“Normalmente tenían funciones de mucha responsabilidad y gozaban además de cierto estatus social”, explica. La mayor parte de ellos eran castrados en la infancia y tras su dura supervivencia, “las condiciones higiénicas de la época hacían que muchos perecieran tras ser castrados”, asiente Blázquez, se les preparaba poco a poco para el cargo que iban a desempeñar. Sin embargo, también podía darse el caso de que hubiera hombres castrados en su edad adulta, pero normalmente estos solían ser soldados que habían sido vencidos en alguna guerra o batalla.

A pesar de lo mucho que se ha hablado de la estigmatización social que sufrían este tipo de hombres castrados, lo cierto es que, según el historiador, el eunuco gozaba de una situación de privilegio. “Normalmente cobraban sueldos fabulosos. Esto les permitía mantener a toda su familia”. Así, no es de extrañar que en la mayor parte de las ocasiones, fuera la propia familia quien decidía que su hijo debía ser castrado para así encaminarle a conseguir una buena posición dentro de la férrea jerarquía de cada sociedad y asegurarle, si sobrevivía al duro proceso de castración, un acomodado porvenir.

Castración y deseo sexual

Eliminar cualquier tipo de deseo sexual era el objetivo final que perseguía la castración de este tipo de hombres debido a la tentación que podría suponer realizar su trabajo del día a día. Según diversos documentos de la época, a un hombre se le podía castrar total o parcialmente. Las castraciones totales tenían como objeto extirpar tanto los testículos como el pene y las parciales sólo extirpaban los testículos y dejaban el pene, aunque este sufría un proceso de atrofiamiento con el paso del tiempo ya que la falta de testosterona y su nulo uso hacían que el órgano quedara inutilizado.

Según Blázquez, en base a escritos y documentación de la época, a pesar de estar castrados total o parcialmente, algunos eunucos consiguieron casarse y hasta fueron buenos amantes. La doctora Ana Puigvert, presidenta de la Asociación Española de Andrología, Medicina Sexual y Reproductiva, duda mucho de que fueran grandes amantes.

“Probablemente no tenían relaciones sexuales coitales ni tenían erecciones pero quizá sí tenían sensibilidad como para mantener una relación sexual de otro tipo y que ésta fuera satisfactoria”, dice Puigvert, que justifica esto en que un hombre al que le extirpaban los testículos, órgano donde se fabrica el 98 por ciento de la testosterona, suele carecer de apetito sexual, aunque no siempre ocurría así. “Algunos de ellos, con la pequeña producción que hay fuera de los testículos conseguían mantener relaciones sexuales con las mujeres que estaban en el harén”, afirma.

Asimismo, la gran sensibilidad que poseían este tipo de hombres y su trabajo como guardianes de los harenes les hacían mucho más cercanos al mundo de la mujer. “Aunque no era lo natural, hubo algunos que incluso se casaron y pudieron formar algo parecido a una familia, aunque evidentemente no podían tener hijos.”, explica el profesor Blázquez.

Rasgos particulares

De igual modo, Puigvert asegura que los eunucos sufrían unas consecuencias tremendas debido a la falta de testosterona. Según argumenta, este tipo de hombres castrados tenían un aspecto poco viril y afeminado debido a la falta de hormona cuya función era facilitar el desarrollo de los caracteres masculinos. “Su aspecto era más feminoide”, explica.

A nivel físico, la feminidad era la característica que más resaltaba de todo su conjunto. Esto se debe a que la ausencia de testosterona hacía que la grasa corporal se repartiera de un modo más femenino. Además, el vello dejaba de crecer. Normalmente esta hormona eminentemente masculina es la culpable de que aparezca pelo en la cara y por el resto del cuerpo.

“El vello corporal desaparecía o no crecía cuando la castración se hacía a edades tempranas, lo que repercutía en que las caras de los eunucos pudieran parecer mucho más femeninas. Además el rostro se acentuaba y la barbilla se volvía más puntiaguda”, puntualiza Puigvert. Asimismo tendían a sufrir determinados trastornos derivados de la falta de hormona masculina, como la pérdida de masa muscular y sobre todo ósea que acababa derivando en osteoporosis. Complicaciones que hacían que la vida de los eunucos fuera más corta que la del resto de los hombres. Psicológicamente, tenían un carácter bastante difícil.

“Primero estaba el trauma de la amputación, todos los trastornos relacionados con la esfera sexual, aunque haya un componente orgánico, desestabilizan la mente”, dice. Este desequilibrio hacía que fueran personas mucho más proclives a procesos depresivos, ansiedad, insomnio, alteración del sentido del humor, pérdida de memoria, etc. Los procesos mentales eran mucho más fuertes y según la experta, muchos de ellos podían acabar sus días suicidándose debido a los cuadros depresivos que experimentaban.

Uno de los rasgos más importantes y que más se potenció en los siglos XVII y XVIII fue la ausencia de cambio de voz. En la Italia de esta época los eunucos, llamados castrati se dedicaban a la música sacra y conseguían ser verdaderas estrellas. Según Blázquez, la ausencia de testosterona les conservaba una voz armoniosa que les permitía llegar a notas altas y una gran potencia pulmonar, convirtiéndolos en auténticos divos. A pesar de que los rasgos y el comportamiento del eunuco son más feminoides, según Puigvert, no hay que interpretar que la falta de testosterona en un hombre pueda convertirlo en mujer. “Es totalmente falso”, concluye.

Aunque las mujeres también la poseen, pero en menor concentración, la testosterona es una hormona eminentemente masculina que es la responsable de que el hombre desarrolle sus características fenotípicas. Los niveles adecuados de testosterona total están entre los 280 y 1.200 nanogramos por decilitro. Por debajo de 280 se habla de déficit, algo que se manifiesta en el bajo deseo sexual, apatía generalizada, insomnio y falta de descanso nocturno, problemas de erección. En este caso y según la doctora Ana Puigvert hay que acudir a un especialista que pueda estudiar el caso en concreto con una valoración clínica de los signos que directa o indirectamente puedan dar ideas de lo que está ocurriendo. “Se hace un cuestionario específico con unas preguntas muy fáciles que detectan cuál es el grado de alteración en este déficit de testosterona, una vez se averigua esto, se le puede dar la cantidad de hormona que le está faltando”, explica.