| viernes, 16 de septiembre de 2011 h |

Antonio González es periodista del diario ‘Público’

La semana pasada la Comunidad de Madrid empezó a entregar la factura informativa sanitaria, más conocida como factura en la sombra. Empezó con una decena de pacientes con problemas oftalmológicos, que fueron operados el pasado miércoles en el servicio de cirugía mayor ambulatoria del Hospital Universitario La Paz, pero la medida se irá extendiendo paulatinamente hasta que en marzo del próximo año se implante en urgencias hospitalarias y atención. A priori, el objetivo de la factura en la sombra, que lleva años aplicándose sin problemas en otras autonomías, no puede ser más lógico: concienciar al paciente del coste que tiene para la sociedad la Sanidad y desterrar esa máxima maldita de que “la Sanidad es gratis en España”.

Hay entidades, como la Federación de Asociaciones en Defensa de la Sanidad Pública, que afirman que estamos ante la antesala del copago, ese fantasma al que nadie invoca a las claras pero que tampoco nadie es capaz de desterrar mediante una prohibición legal expresa. Yo no sé si se trata de la antesala, pero desde luego parece claro que la implantación del copago sería mucho más fácil entre pacientes acostumbrados a recibir facturas, esto es, a ser tratados como clientes. Porque hasta ahora estamos acostumbrados a recibir facturas cuando compramos algo, generalmente actuando con libertad de elección. Pero una enfermedad no se elige. Nadie quiere ir a un hospital por gusto, ni va a dejar de ir más o menos como el que un año decide irse de vacaciones a la playa y al siguiente quedarse en su ciudad. Irá cuando no tenga más remedio. En este contexto es muy dudoso el valor ‘pedagógico’ que esgrimía la semana pasada Leire Pajín para defender la factura, poniendo de paso a los pies de los caballos a su correligionario Tomás Gómez. Decirle a alguien que la sociedad se ha gastado mil euros en operarle unas cataratas, más que concienciarle (igual se espera a la siguiente opte por un resfriado, más baratito) puede provocar cierta ansiedad y cierto cabreo entre los pacientes. No en vano, hay mucha gente que lleva toda la vida pagando la Sanidad con sus impuestos sin pisar un hospital, y que cuando eso ocurre le pasen a uno la nota de lo suyo puede llegar a doler.

Una cosa bien distinta es que las autoridades nos informaran de forma exhaustiva, no con una factura en la sombra sino con una bien clarita, sobre dónde van a parar nuestros impuestos; a cuánto tocamos por cabeza por cada trasplante, por cada tratamiento de cáncer… Pero también por cada coche oficial, por cada senador ocioso o por cada viaje del Papa a España, por ejemplo.

Por último, el hecho de que, pese a que ya tiene años de recorrido, no haya evidencias científicas sobre para qué vale realmente la medida en términos de ahorro y eficiencia (algunos expertos se preguntan dónde está la Agencia de Calidad), dibuja un panorama poco tranquilizador. Esperemos que la factura en la sombra sea realmente tan inocente como parece.