| viernes, 09 de abril de 2010 h |

Antonio González es periodista del diario ‘Público’

A nadie le pueden quedar muchas dudas de que las ciudades se han convertido en el hábitat natural del ser humano a nivel global. Aunque la mitad de la población mundial sigue residiendo en el ámbito rural, el avance de las urbes es imparable y, según las previsiones de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para el año 2050, es decir, dentro de un suspiro si medimos el tiempo en términos históricos, siete de cada diez seres humanos vivirán en ciudades. Además, se trata de un camino de no retorno, ya que una vez llegados a la ciudad, pocos vuelven al campo.

Las ciudades representan lo mejor y lo peor de nuestra especie. Sin ellas nunca hubiera sido posible el progreso científico e industrial, incluyendo los avances médicos, la cultura o el arte. Sin embargo, y sobre todo las urbes mastodónticas que proliferan en la mayoría de los países en vías de desarrollo, albergan lo peor de lo que es capaz el ser humano. Lejos de la aparente pulcritud de las grandes y capitales europeas o norteamericanas, las megalópolis africanas o asiáticas acogen a un número ingente de ciudadanos que en la mayoría de los casos malviven en condiciones higiénico-sanitarias deplorables.

Pero tampoco el primer mundo se libra de las amenazas que el ambiente urbano representa para la salud. Polución, accidentes de tráfico, inseguridad, enfermedades infecciosas como la tuberculosis son algunos de los enemigos más visibles, pero no hay que olvidar otro que, desde su invisibilidad, representa también una amenaza considerable, como es el estrés. En efecto, el frenético ritmo de vida que sufren los habitantes de las grandes capitales, siempre corriendo de aquí para allá, con presiones laborales, sedentarismo, comida basura y adicciones varias, acaba, como es lógico, repercutiendo de manera seria en la salud, y lo peor es que las víctimas ni siquiera son capaces de identificar a su verdadero enemigo.

Dicen que Nueva York, la ciudad de ciudades, no es sitio para viejos o enfermos, y mucho menos si no tienen dinero. La realidad es que en las grandes capitales el cuidado de la salud es la gran ausente, es lo último cuando debería ser lo primero. Por eso este año ha sido todo un acierto que la OMS haya decidido dedicar el Día Mundial de la Salud a los desafíos que supone la vida urbana para la salud. Entre sus objetivos, en apariencia modestos pero en la práctica muy difíciles de llevar a cabo, figuraba que quienes están al frente de las ciudades dedicaran un día de la semana pasada a actividades relacionadas con el fomento de la salud, como por ejemplo cerrar calles al tráfico rodado. Al margen del éxito de estas iniciativas colectivas, lo que sí podemos hacer quienes vivimos en ciudades es hacer caso por una vez del llamamiento de la OMS y tratar de abrir nuestros propios espacios saludables. Que no todo sea el trabajo, las prisas, la polución o el estrés, porque para eso es mejor dejarlo todo y volverse al campo.