En solamente dos años desde la inauguración, sus 200.000 metros cuadrados de superficie han pasado de albergar 19 empresas a tener más de 60

Valentia Biopharma, una de las empresas del parque, acaba de obtener la patente de una molécula para tratar la distrofia miotónica

| 2011-09-02T16:18:00+02:00 h |

R.C.

Valencia

Voluntad, trabajo, formación y la osadía que da la juventud son los ingredientes de la receta de Juan Antonio Raba, director del Parque Científico de la Universidad de Valencia (PCUV), para “crecer en vez de decrecer” en medio de la actual coyuntura económica. Y las cifras avalan la eficacia de la receta, ya que la carrera del PCUV ha sido meteórica: inaugurado el 9 de septiembre de 2009 con 19 empresas y algo más de 600 trabajadores, ahora sus 200.000 m2 albergan más de sesenta empresas en las que trabajan 1.200 personas, prácticamente el doble de empleados que hace solo dos años.

Raba, responsable en gran medida de este “éxito sin ningún tipo de matiz”, como él mismo lo define, reconoce que jamás se podría haber imaginado un panorama como éste en tan poco tiempo y atribuye el éxito a la universidad “por liderarlo”, pero también a las empresas integrantes del proyecto. Según el director de este parque científico, ellas son parte de este éxito “por coger el toro por los cuernos y lanzarse a invertir, a desarrollarse y a posicionarse en los mercados internacionales”.

Biotecnología y TIC

De entre las más de sesenta empresas que conforman este parque científico, destacan sobre todo las dedicadas a las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y la biotecnología, dos áreas temáticas que cada vez están más en contacto. Tanto que, tal y como asegura Raba, ya han visto nacer en el parque alguna compañía fruto de la unión de empresas de estos dos sectores.

Pero en los 12.000 m2 construidos de momento también hay hueco para empresas del sector sanitario como Bioncotech, una biofarmacéutica que cuenta con el respaldo del Centro Superior de Investigaciones Oncológicas y de Genoma España, y que actualmente investiga “nuevas terapias en cánceres especialmente agresivos”, según revela el director del PCUV.

Además, la Fundación del Instituto Valenciano de Infertilidad (IVI), encargada de toda la investigación clínica del grupo, también se ubica allí, donde comparte espacio con Fibrostatin, una empresa que ya ha desarrollado una serie de patentes para realizar diagnósticos. Incluso, en el parque científico se testan fármacos: Biopolis, compañía especializada en alimentación, tiene también una línea de negocio farmacéutico encargada de probar fármacos en animales.

Además recientemente el parque ha abierto sus fronteras. El grupo Nefresius, líder mundial en temas de diálisis, ha montado una empresa, Nephrocare, en colaboración con un centro de investigación de la Universidad de Valencia (UV). A ello se añaden los institutos de investigación propios del parque, como, entre otros, el de Robótica y de Tecnologías de la Información (IRTIC) o el de Ciencia Molecular (ICMOV).

Investigación aplicada

La colaboración entre las empresas del parque científico y la UV ha dado sus frutos recientemente. Valentia Biopharma, spin-off de la Universidad, acaba de obtener la patente de explotación de una molécula para el tratamiento de la distrofia miotónica, una enfermedad rara que provoca problemas neuromusculares y que afecta a uno de cada 8.000 nacimientos vivos. María Carmen Álvarez, directora técnica de esta spin-off, desvela que ahora sus planes son trabajar en la molécula un par de años más para después licenciarla a una gran empresa farmacéutica, que tendrá que trabajar todavía cinco o seis años más.

Por su parte, Rubén Artero, profesor titular de la UV e investigador principal, se muestra contento por unos resultados que nacen del binomio universidad-empresa, un modelo que Artero considera el adecuado. Pero, para él, el éxito no está solamente en este descubrimiento, sino también en el modelo que siguieron y que ahora utilizan para investigar en atrofia muscular espinal y en cáncer.

Ante este éxito, producto de la investigación aplicada, Artero se queja de ciertos tabúes entre los científicos y, aunque por supuesto valora la investigación básica, les pide que se planteen hacer investigación “que sirva para algo”.