Juan Nieto
Subdirector de El Global
| viernes, 10 de octubre de 2014 h |

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A la hora de gestionar el caso de la auxiliar contagiada por ébola, la prudencia fue pisoteada

Es imposible escribir de otra cosa en Sanidad que no sea del ébola, aunque es posible que ya se haya escrito (y hablado) demasiado estos últimos días y, lamentablemente, no siempre con demasiada fortuna. En su República, Platón describe las cuatro virtudes cardinales: prudencia, justicia, fortaleza y templanza. La prudencia deriva del ejercicio de razón; la fortaleza de ejercer las emociones o el espíritu; la templanza de dejar que la razón anule los deseos, y de todas ellas proviene la justicia, un estado en que cada elemento de la mente está de acuerdo con el resto. Virtudes que en el maremágnum provocado por el primer contagio de ébola fuera de África (el de la auxiliar Teresa Romero), se han pisoteado como si Othar hubiese pasado por encima.

Hablemos de la prudencia (habrá otras columnas para hacerlo del resto), que tanto Platón, como antes Sócrates y después Aristóteles la vincularon a la sabiduría, y que en este caso brilló por su ausencia. La ética aristotélica (Ética a Nicómaco) define al individuo prudente como el que tiene capacidad de deliberar bien, al conocer lo que es mejor para el hombre, para sí mismo, protocolo este que quedó claro que no se siguió al hablar del ébola. Y ahí coloco a medios de comunicación, con sus tertulianos de cámara, que lo mismo opinan del ébola que de la semana de la moda de Nueva York, el último álbum de Eels o la próxima peli de Richard Linklater. Coloco a los que buscan culpables a los cinco minutos, y a los que siguen buscándolos pasados los días, una batalla en la que perdemos todos. Coloco a políticos y a sus equipos de comunicación, que o no son capaces de que sus jefes transmitan lo que la prudencia dictaría o no tienen la habilidad para evitar salidas de tiesto intolerables. ¿Por qué no dejan todo en manos de expertos epidemiólogos, que en España los hay, y se hacen las cosas bien? Una sola voz para remendar unas costuras que han saltado por los aires (se veía venir, mucho solo es fachada).

Mariano José de Larra: “Es más fácil negar las cosas que enterarse de ellas”.