| viernes, 16 de septiembre de 2011 h |

Pablo Martínez, periodista e historiador

El doctor Julio Zarco, presidente de la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria (Semergen), durante un reciente encuentro celebrado en la Universidad Menéndez y Pelayo de Santander explicó que, según los datos de una encuesta realizada por esta sociedad científica: solo un 20 por ciento de los ciudadanos conoce las herramientas del autocuidado de su salud. Todos ellos son enfermos crónicos. El dato resulta alarmante puesto que implica un desapego por la responsabilidad personal sobre la salud del resto de la población.

En el curso de debate con otros profesionales sanitarios quedó patente la idea de que la mayoría de los ciudadanos están imbuidos de un paternalismo sanitario, entendido en el sentido de confiar en el técnico poseedor del conocimiento, algo que se aproxima mucho al sometimiento a los poderes del chamán de tiempos remotos de la humanidad en la etapa que Claude Levi Strauss define como de “pensamiento mágico”. En pocas palabras, según parece, nuestro bien más preciado: la salud, permanece para la mayoría ajena al pensamiento racional que sí aplicamos al resto de nuestras relaciones personales, laborales, económicas o políticas. Cruda paradoja, somos capaces de analizar todos los pros y contras de la compra de una vivienda, ejemplo de una decisión que nos afectará el resto de la vida, mientras pasamos por alto hábitos poco saludables que también nos van a afectar, posiblemente, de manera más decisiva. El encuentro al que me refería se titulaba “Autocuidado de la salud: derecho y deber del ciudadano”, y dio múltiples reflexiones de esta naturaleza. De todas ellas, me quedo con la idea dominante que caló en los asistentes a modo de conclusión: los profesionales sanitarios también tienen que abandonar esas relaciones paternalistas, en las que pueden encontrarse muy cómodos por el áurea de autoridad que representa. Desde un punto de vista que llega a la deontología actual de su actividad, están obligados a capacitar a las personas con las que se relacionan para que éstas aumenten el control sobre su propia salud. Médicos, farmacéuticos y enfermeros tienen ahí un reto ineludible.