| jueves, 05 de diciembre de 2013 h |

Desde hace unos años la tarea de investigar, desarrollar y comercializar un nuevo medicamento se está convirtiendo en tarea casi imposible. Según el último estudio de Deloitte-Thompson Reuters sobre innovación farmacéutica, la media de inversión se sitúa en 1.294 millones de dólares y el tiempo hasta lanzamiento desde el descubrimiento de la molécula alcanza los 14 años. Hace tan solo tres años, en 2010, esta cifra se situaba en 1.094 millones de euros.

Es cierto que los costes varían en función de las compañías y, suponemos, del tipo de producto a desarrollar. El propio estudio expone diferencias entre compañías que parecen abismales: De 3.080 millones de dólares a ‘solo’ 393. Del mismo modo, hay compañías que en estos años han logrado reducir sus costes de inversión para la obtención de una molécula, hasta un 39 por ciento, mientras que en otros casos, otros laboratorios han visto incrementado ese mismo coste hasta duplicarse al pasar de 1.044 millones a 2.113 en solo tres años.

Es algo obvio que la tendencia no puede seguir así mucho tiempo. Esta evolución viene acompañada, como es lógico por una reducción de los retornos que la industria obtiene por cada medicamento, lo que a su vez presiona al alza a los precios.

La industria farmacéutica y las administraciones reguladoras deben buscar fórmulas que permitan abaratar el desarrollo de nuevos medicamentos porque de otro modo sería imposible que los precios de estos fueran inferiores. Dado que los precios de los medicamentos son muy elevados, las administraciones se afanan por reducir su acceso, con lo que el retorno de la inversión de los nuevos medicamentos se reduce y llega más tarde, lo que hace necesario subir los precios. Al final es como una pescadilla que se muerde la cola.

A ello se le suma que las exigencias en materia de seguridad en el desarrollo de medicamentos son superiores, por lo que se alargan los periodos de desarrollo. Y vuelta a empezar con los costes y los precios. Creemos que ha llegado el momento de revisar todas las relaciones existentes entre reguladores, financiados y fabricantes para llegar al punto de máximo beneficio social en el desarrollo de medicamentos. Conciliar seguridad, acceso y rentabilidad, vía precios, es la clave.