ENRIQUE CAMPILLO Barcelona | viernes, 25 de agosto de 2017 h |

Fueron testigos, por desgracia, del horror sembrado, en pocos minutos, por los terroristas en Las Ramblas de Barcelona el pasado 17 de agosto. A lo largo de esta arteria principal de la ciudad condal, son numerosas las farmacias establecidas para atender a las necesidades de barceloneses y turistas de medio mundo que deambulan, a diario, por el famoso paseo que une la plaza de Cataluña con el monumento a Colón. Y aquella tarde del de agosto, en la que Barcelona sufrió y lloró, la necesidad de los ciudadanos que transitaban por el bullicioso paseo, fue bien distinta, su prioridad era ponerse a salvo y huir de la muerte.

Al igual que el resto de comercios que alegran la vida de este cosmopolita rincón barcelonés, las farmacias sirvieron para tranquilizar, calmar, ayudar y refugiar a decenas de personas que huían despavoridas del terror.

Seguramente nunca hubieran querido ser protagonistas de tal hazaña, pero esa fatídica tarde transformó la actividad diaria en la farmacia Clapés, situada en el número 98 de La Rambla. Marta Arriola, trabajaba esa tarde, junto a otros tres compañeros, en el mostrador de la botica cuando la furgoneta comenzó a arrollar a la gente, frente al local, causando el caos y el pánico en pleno centro de la ciudad.

“Como cada día estábamos trabajando y, de repente, entraron muchas personas de golpe gritando y, en seguida, cerramos la puerta de la farmacia”, indicaba a EG, Arriola quien detallaba que, tras cerrar la puerta, “la policía nos trajo más gente para ponerla a salvo”.

Entre las personas que encontraron auxilio en su establecimiento había niños pequeños y gente de todas las nacionalidades. “Hubo pánico y mucha ansiedad, éramos mas de 30 personas”, precisaba la farmacéutica.

Desde las cinco de la tarde hasta las once y media de la noche, esta farmacia actuó de refugio para muchos ciudadanos alterados y confundidos por lo que estaba pasando.

“Todo fue muy desagradable, pero tuvimos suerte porque no entró nadie herido. Solo tratamos a los niños que estaban muy nerviosos y los distrajimos con actividades y juegos. Tampoco nos dejaron salir a ayudar fuera”, explicaba Arriola quien concluía que “no puedes aceptar el miedo ni dejar que esto te afecte en tu día a día. Nosotros somos una farmacia 24 horas, pero nos obligaron a desalojarla. No obstante, al día siguiente a las 8.30 ya pudimos abrir con normalidad”.

Más abajo del lugar donde la furgoneta de los terroristas finalizó su sangriento recorrido, en el número 38 del mismo paseo, se encuentra la farmacia Hernández de la Rosa, desde donde los dos trabajadores que aquella tarde se encontraban en ella, divisaron la estampida de gente corriendo asustada.

“Vivimos mucho pánico y salimos a la calle para decirle a la gente que entrase en la farmacia. Entraron unas 20 personas y cerramos la puerta”, señalaba la farmacéutica Marta Sancho.

“La gente estaba muy asustada, teníamos familias enteras, un grupo de jóvenes turistas menores de edad, una abuela con su nieta de 7 años temblando, una familia de Zaragoza con dos bebés, etc…Los metimos en la rebotica, les dimos agua y a los niños chocolate y caramelos”, destacaba Sancho a la vez que señalaba que permanecieron sentados en el suelo por si acaso se producían disparos.

“A la calle no salimos porque los Mossos no nos dejaban y dentro de la farmacia fue más tranquilizar a las personas que dispensar medicamentos. Sí que dimos alguna pastilla para el dolor de cabeza, tratamos un ataque de asma a una chica y estuvimos pendientes de un señor diabético que tenía que pincharse insulina en unas horas, pero finalmente no requirió nuestra ayuda porque salimos antes”, narraba Sancho.

Una semana después del ataque, esta farmacéutica apuntaba que, durante los primeros días, la botica se había convertido en el foro donde muchos clientes habituales se acercaban para narrar cómo habían vivido el atentado.

Historia similar la que vivieron en el número 121 donde se encuentra la farmacia Nadal. Desde allí escucharon el ruido y el revuelo que generó la furgoneta a su paso por el local. Una trabajadora relataba que “entraron 4 ó 5 niños que se habían separado de sus padres, pero enseguida éstos llegaron a por ellos”.

Sin duda, una cadena de testimonios solidarios que evidencian el ejemplar comportamiento de la ciudadanía en un acontecimiento como el que le ha tocado vivir a Barcelona este verano. Una cadena a la que se suma otro ejemplo protagonizado por Fouad Bakkali, un farmacéutico musulmán que salvó la vida de Jom Cadman, la madre del pequeño australiano muerto en el atentado. Bakkali cobijó en su farmacia a 50 personas a las que curó heridas y ofreció apoyo psicológico convirtiéndose en uno de los héroes de los atentados.

Cabe destacar que, tras la masacre ocurrida tanto en Barcelona como en la localidad de Cambrils, fueron innumerables las instituciones que condenaron lo sucedido, como por ejemplo, la Alianza General de Pacientes, Farmaindustria o el Consejo General de Colegios Oficiales de Farmacéuticos cuyo presidente, Jesús Aguilar, destacaba “nuestro rechazo a la barbarie y sinrazón de estos atentados terroristas, nuestro apoyo absoluto a las víctimas y nuestro reconocimiento a la labor de todos los profesionales sanitarios en estos duros y difíciles momentos”.