Premios BiC 2020
Miguel Ángel Gastelurrutia, patrono de la Fundación Pharmaceutical Care España

Hace ya casi 30 años que se publicó el paradigmático Opportunities and responsibiilities in Pharmaceutical Care en el que los profesores Hepler y Stand planteaban un cambio en la práctica del farmacéutico por el que ésta debía pasar de estar centrada en el producto a ocuparse de los pacientes que utilizan medicamentos. Lo que estos autores propugnaban era que el farmacéutico realice una práctica más clínica, no tan comercial como la que existía. Este movimiento, que en España se tradujo como Atención Farmacéutica (AF), hoy está apoyado por prácticamente todas las organizaciones farmacéuticas a nivel internacional. En nuestro país, en 2004, el grupo de consenso denominado Foro de AF en el que entre otros participa la Fundación Pharmaceutical Care España apoyó este movimiento consensuando la definición de AF y tres servicios fundamentales de la misma: Dispensación, Indicación Farmacéutica y Seguimiento Farmacoterapéutico.

En 2009, el Foro de AF en Farmacia Comunitaria (FC), también con la participación de la Fundación, continuó el trabajo definiendo el concepto de Servicios Profesionales Farmacéuticos Asistenciales (SPFA). Los servicios se dividen en dos grandes grupos: los de atención comunitaria, transversales y por tanto compartidos con otras profesiones, y los servicios de AF, más clínicos y orientados al paciente que utiliza medicamentos. La escasa implantación real de estos últimos, a excepción de la Dispensación y la Indicación Farmacéutica, muestra que a pesar de que el discurso de los líderes profesionales hace que parezca lo contrario, la implantación de estos servicios sigue sin ser una realidad, y por tanto los pacientes siguen sin percibir los beneficios que podrían obtener como consecuencia de su práctica. Este no es un hecho exclusivo de nuestro país, pero un modelo de farmacia que se presenta ante el mundo como de excelencia, en mi opinión debería hacer un esfuerzo conjunto y extra en la generalización de estos servicios asistenciales.

Desde mi punto de vista no se puede esperar que una actividad adicional se implante si ésta no genera la rentabilidad que justifique su práctica. Siempre recuerdo una frase de uno de los participantes en mi tesis doctoral: “todos hacemos aquello por lo que nos pagan”. Actualmente, al farmacéutico comunitario (FC) se le sigue pagando casi exclusivamente por la “prestación farmacéutica”, es decir, se le paga por aspectos relacionados con el producto (medicamento) por lo que la práctica real del FC se circunscribe a la dispensación de medicamentos y PS y a la venta de productos de parafarmacia. Creo que es evidente que más allá de un acercamiento hacia una farmacia asistencial, lo que se está produciendo es una comercialización cada vez mayor, probablemente justificada desde un punto de vista eminentemente económico.

La situación a nivel internacional no es muy diferente, aunque sí hay excepciones en las que suele existir una relación directa con el pago directo por la práctica de servicios asistenciales. En los países en los que se ha conseguido que los servicios se remuneren, la práctica asistencial aumenta. Un ejemplo son los EEUU, donde los últimos datos refieren que el FC dedica al menos una hora al día a realizar servicios cognitivos, fundamentalmente la vacunación por el farmacéutico que, curiosamente, parece ser el servicio con mayor implantación. (Shommer, 2020).

Son muchos los autores que defienden que no hay futuro profesional si el farmacéutico sigue centrado exclusivamente en la distribución (logística) de los medicamentos. Los retos y riesgos, muchos de ellos basados en la denominada “revolución industrial 4.0”, son enormes (Baines, 2019). La alternativa que se plantea es la implantación real de servicios rentables que vuelvan a hacer al farmacéutico indispensable. La morbimortalidad de la farmacoterapia es una realidad. El farmacéutico, en general, y el FC en su ámbito de actuación, pueden contribuir a disminuir su yatrogenia y a mejorar los resultados en salud, incluidos los humanísticos y económicos, que tan importantes son para los gestores. Creo que como colectivo, líderes y profesionales, deberíamos repensar nuestra práctica y plantearnos el reto de conseguir la retribución de servicios clínicos que nos permitan su generalización.
Para ello se deberían plantear estrategias de negociación con las Comunidades autónomas sobre el pago de los servicios que hayan demostrado ser coste-efectivos usando el todos ganan (win-win) y con la Administración central sobre la inclusión de estos servicios, como el Seguimiento farmacoterapéutico, en la Cartera básica de servicios.